Retos   Fundación para la Diabetes

No te pares aquí (a modo de recapitulación)

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Iñaki Lorente Por: Iñaki Lorente
Asesor en el área de Psicología de la Fundación para la Diabetes. Psicólogo de la Asociación Navarra de Diabetes (ANADI).
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No te pares aquí

No tengo ni idea sobre las características del pensamiento animal pero sospecho que es común que, cuando consiguen el bienestar, se dedican exclusivamente a disfrutarlo. No se plantean la posibilidad de aburrirse, de sentirse bien, ni el deseo de mejorar. Carecen de la posibilidad de reflexión sobre su propia existencia.

Quizás entre los seres humanos también haya quienes se conformen con lo logrado y no sientan la necesidad de alcanzar nuevos hitos. Pero somos muchos los que percibimos que con "el  uso", con el tiempo, el bienestar alcanzado va perdiendo intensidad, brillo. La costumbre lo vuelve anodino.

Posiblemente, tras un gran esfuerzo y una impecable planificación conseguiste tu objetivo. Es probable que cruzaras la línea de meta con los brazos en alto y sintiéndote vivo y en paz contigo ("¡qué gran tipo!"). Presumiblemente, durante los siguientes días, en las reuniones familiares, entre amigos, en el espejo mientras te afeitabas te pedían (te pedías) rememorar la hazaña.

Créeme, es fantástico que los sintieras y me alegro porque, después de todo lo necesitamos. Es tremendamente difícil que se pueda vivir feliz si uno no se considera una gran persona y si los demás no ven en él cualidades por las que valorarle.

Cuando esta sensación mengua es cuando renace el apremio por plantearse nuevos retos. Al fin y al cabo sin esa actitud de estar siempre en movimiento hacia adelante no habría evolución.

Te invito a que, en este momento (o en otro si lo prefieres) te prepares un café y repases tus conquistas personales. Yo lo he hecho.

Ahora dispongo de tiempo para mí mismo, una hora entera para recapitular, para mirarme al espejo y aplaudirme por lo logrado sin falsa modestia. Lo primero que descubro es que el “sueldo” de la autoestima hay que cosecharlo constantemente. No vale con ganarlo una vez en la vida (como en la lotería), hay que afanarse cada día.

 

Todo empezó cuando leí el artículo sobre lo que era la procrastinación: Abandonar los puntos suspensivos. Parecía que estaba escrito expresamente para mí, que yo era el personaje que se describía en el texto.

Al final me convencí (por vergüenza si quieres) que no podía aplazarlo más, que era hora de ponerse en movimiento, de iniciar el camino hacia mi meta.

Poco después leí la propuesta que hacía de esbozar mis objetivos siguiendo el criterio SMART. Lo hallé en el escrito: Diseña bien los objetivos que te acercan a la meta. Me resultó un poco más difícil y exigió mayor trabajo. Estaba acostumbrado a propósitos como “hacer ejercicio”, “comer sano”, “mirarme el azúcar más a menudo”. No eran malos como tales, pero su indefinición me dificultaba enormemente el poder trabajar por alcanzarlos y, sobre todo, evaluar el logro conseguido.

Elegí de entre mis fines ese que era, en aquel momento, relativamente fácil para mí. Uno que no me exigía demasiado esfuerzo pero que, a su vez, me parecía importante. Pensé que, si estaba en la dirección adecuada, era suficiente para iniciar el movimiento. Lo que aprendí, no sin esfuerzo, fue a definirlo de forma específica, medible, alcanzable y acotado en el tiempo. Eso me ayudó enormemente a dilucidar el rumbo a tomar y a vigilar mis progresos.

No todo fue tan bien como lo había dibujado en mi mente. Hubo veces que sentí que no merecía la pena tanto sacrificio. Otras que jamás podría llegar a mi destino. También hubo momentos en los que la urgencia por otra cosa desvió mi mirada. Debo reconocer que, en una ocasión, llegué a desmoralizarme  y muchas fueron las que la desidia se apoderó de mí.

Pero sabía que podía ocurrir. Recordaba que se mencionaba en el artículo "Prevenir la falta de motivación". Así que me dispuse a releerlo con la intención de encontrar las estrategias que me rescataran del pesimismo, de esos pensamientos que me auguraban el peor de los finales: el abandono.

Comprendí que era responsable de la situación en la que me encontraba pero también era yo mismo quien tenía la llave para salir de la misma.

 

Al releerla comprobé que, en su momento, estaba lleno de expectativas, pletórico de esperanza sabiéndome capaz. Por eso no sentí la necesidad de hacer la actividad que proponía de escribir la "Carta desde el futuro". Ahora me urgía, así que me puse a ello.

Al principio me sentí extraño y hasta un poco bobo si quieres. Pero resistí el impulso de dejarlo y al poco me di cuenta de que, mientras la redactaba, todo volvía a cobrar sentido, por qué lo estaba haciendo, qué perseguía, que fortalezas personales disponía, con quién podía contar... Era como un viento suave y cálido que disolvía la bruma de mi cabeza, facilitándome el pensar con claridad.

Sin embargo reconozco que no fue como estamos acostumbrados a ver en algunas películas americanas. No se recorre un camino con solo adivinar el rumbo. Los días posteriores fueron especialmente duros en la tarea de encaminarme hacia mi objetivo. Exigieron toda la determinación de la que pude hacer acopio al redactar la carta. Pero fue innegable el efecto que había tenido sobre mí al darle sentido a lo que estaba intentando.

Con el paso de los días, el esfuerzo que me exigía realizar la tarea fue cada vez menor. Tal y como había sido predicho en el artículo: La huella del hábito me hizo falta tesón y colocar un post-it en la puerta del frigorífico recordándome por qué lo hacía. Y, casi sin darme cuenta, un día me descubrí haciéndolo de forma automática, sin mirar el cartel de mi nevera, sin reflexionar sobre ello. Sin más.

Entonces me sentí fantástico. No sin trabajo; no sin dudas pero había sido capaz. Disfruté de mi éxito. Lo pregoné entre mis amistades quienes me felicitaron y admiraron. Lo celebramos en un restaurante. Me había hecho sentirme en la cima, decirme: "¡Qué tío! ¡Lo has hecho!

Pero de la misma manera, al tiempo, mi hazaña fue perdiendo intensidad y comprobé que se empezaba a devaluar y que, por ello, no me debía quedar estancado. No se puede vivir eternamente de la satisfacción de un logro. De nuevo sentía que necesitaba ganarme el "sueldo de autoestima", de sentirme capaz de seguir creciendo.

Al releer este texto compruebo que el párrafo anterior ya estaba escrito al principio de esta reflexión. Pero creo firmemente que no se trata de cerrar el círculo, sino de evolucionar en espiral. Estoy pasando CASI por el mismo punto, pero UN PISO MÁS ARRIBA en mi evolución personal.

Y aquí estoy. Revisando todo lo vivido, el esfuerzo precisado, los riesgos asumidos. No para mi autocomplacencia, sino para ver cuál es el siguiente desafío al que me puedo enfrentar con ciertas garantías de éxito, hacia dónde encaminar mi crecimiento personal.

Creo que ya lo he encontrado. Y tú, ¿has hecho lo mismo?

Si no es así, relee esta serie de escritos otra vez. Si por el contrario, ya lo tienes claro, te deseo mucha suerte en tu nuevo proyecto.