Niños y adolescentes   Fundación para la Diabetes

Sobreprotección

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En ninguna época histórica los padres se han preocupado tanto por sus hijos como ahora. Nunca antes habían ocupado un lugar tan destacado en la vida de sus progenitores. Por lo tanto, nunca como ahora han existido riesgos de caer en actitudes excesivamente sobreprotectoras. 

En los hogares donde predominan este tipo de actitudes, el ambiente familiar es especialmente blando, con escasa organización, autoridad, reparto de obligaciones, exigencias mínimas o hábitos de esfuerzo. 

El fenómeno de la sobreprotección es el tipo de comportamiento que más se repite entre los padres de niños que padecen una enfermedad crónica. 

Los padres

Se trata de padres que suelen estar muy tensos y alerta respecto a lo que le pueda ocurrir a su hijo o hija. Que no les pase nada, incluso a costa de su propio sacrificio. 

Son “padres colchones”. Por mucho que se golpee su hijo en la vida, no le dañará ya que ellos le amortiguan todo («mientras estés conmigo no te pasará nada»). 

Suelen sufrir muchísimo si su hijo tiene un pequeño contratiempo o tiene una hipoglucemia nocturna y sistemáticamente se sienten responsables de todo lo que les pasa. 

Satisfacen todos sus caprichos sin exigirles nada a cambio. «Si no le compro ese juguete, pensará que no le quiero». Les resulta tremendamente difícil ser estrictos o negarse a sus demandas. 

En las relaciones con los demás, siempre disculpan a sus hijos y buscan culpables fuera («la culpa es de la enfermera que no se sabe explicar»). No confían en nadie para cuidar a su hijo. 

Actúan, piensan, sienten, deciden y quieren por su hijo. 

Así pues este tipo de padres y madres viven en una tensión constante. Están hipervigilantes respecto a lo que le pueda ocurrir a su hijo o hija. 

Tienden a fomentar comportamientos que serían propios de niños más pequeños, a infantilizarlo: “Para que no llegues tarde, te acompaño” o peor aún: “Por si acaso tienes un bajón de noche, voy a dormir contigo”.

¿Por qué?

El porqué ocurre puede tener múltiples explicaciones de las que voy a mencionar algunas: 

Como mecanismo para aplacar un sentimiento de culpa que, aunque se perciba como irracional, es difícil sustraerse a él. Así algunos padres se sienten culpables de haber “transmitido” la diabetes a su hijo (“la diabetes la ha heredado de mi estirpe”). 

Es normal que aparezca en el momento del diagnóstico como un intento de explicar el porqué: “¿Será porque le dejé comer muchos dulces cuando era más pequeño?”, “¿Será porque durante el embarazo se me antojaban los Donuts?”... 

Si los padres no superan este primer escollo, pueden quedarse anclados en dicho sentimiento de culpa, sobreprotegiendo a su hijo como un intento reparador de su “delito”. 

Otra posible causa podemos hallarla en la percepción del hijo como un ser más frágil de lo que en realidad es y por tanto merecedor de todo nuestro cuidado: “¡pobre hijo mío!”; “¿Qué va a ser de él?”. 

Una última explicación haría referencia al hecho de que la propia autoestima de los padres se sustentaría exclusivamente en esa condición de “padre” o “madre”: “Yo soy en tanto y cuanto soy buen cuidador”. En este sentido se entendería por buen cuidado el acceder a todas sus demandas para que esté contento y nos vea como buenos padres.

Los hijos

Pueden convertirse en personas indisciplinadas o inconstantes en el control de la diabetes ya que siempre es otro el que se encarga de todo. 

Cuando llegan a un campamento educativo se constata las deficiencias que presentan en el control de su diabetes. No han adquirido el grado de dominio instrumental que correspondería a su edad (saber pincharse, mirarse el azúcar, interpretar una cifra del reflectómetro, etc.). 

No han aprendido la relación que existe entre el esfuerzo y los resultados que se obtienen, ya que sus padres son quienes hacen el trabajo y no ellos. 

El rendimiento por debajo de su potencial que presentan les puede llevar a una disminución de su autoestima, sobre todo cuando se comparan con otros niños de su edad que también tienen diabetes. 

Consiguen de sus padres lo que quieren. Con frases como “no me queréis” incrementan el sentimiento de culpa en éstos y, en consecuencia, aumentará la conducta sobreprotectora, quedando atrapados todos (tanto padres como hijos) en una relación que lejos de ayudarles a crecer como personas les hace infelices. 

Son un tanto caprichosos y con baja tolerancia a la frustración. Muy dependientes y profundamente inseguros. Hecho este que trasciende más allá del ámbito de la diabetes extendiéndose a todas las áreas de su vida, provocado, como queda dicho, una disminución de la autoestima ya que se sienten con menos capacidades que el resto de los niños de su edad. 

Respecto a lo social, suelen relacionarse sólo con aquellos que les siguen la corriente y se comportan de forma un tanto despótica. Es posible que, en el futuro, busquen una pareja que actúe como su padre y su madre.

Claves para el cambio

Lo primero que debéis hacer es confiar en los demás. Pero sobre todo debéis confiar en tu hijo. 

Pensar que no necesitas sentirte imprescindible para poder valorarte a ti mismo/a. 

Asumir que todos tenemos derecho a equivocarnos. 

Que la vida se compone de cosas buenas y malas, pero lo bonito es vivirla uno mismo, no que la vivan por ti. Deja a tu hijo que sea él quien construya la suya propia (con vuestra ayuda, desde luego, pero él como protagonista). 

Saber modular los cuidados (son necesarios, pero no deben anular a la persona cuidada). 

EN RESUMEN:
Comprender que ESTAR UNIDOS NO SIGNIFICA ESTAR ENCIMA. Si le pasa algo, no nos sentimos culpables (un gran error), sino que entendemos que vive una vida fuera de nosotros, que su vida es distinta a la nuestra y que tiene derecho a vivirla. Como apuntaba el Dr. Roig: “A vivir se aprende con la vida”.

Excesiva indulgencia

A veces la sobreprotección viene acompañada de otra actitud nociva, tanto para los padres como para los hijos: la excesiva indulgencia. 

Todos sabemos que el obligar a que un hijo siga el tratamiento, es doloroso ya que, con frecuencia hay que prohibirles comidas y dulces que les gustan. 

En un efecto compensatorio, esto puede conducir a una permisividad excesiva en otras áreas en las que el niño “manda”, aprovechándose de los sentimientos de compasión hacia él. 

Estos padres exigen menos al niño, tanto en su comportamiento en general como en el ámbito escolar, dando lugar a un niño maleducado, mimado y manipulador y cuyo rendimiento escolar es inferior al que correspondería según su capacidad real. 

Si tiene hermanos, se constata un agravio comparativo con ellos, ya que los padres actúan de distinta manera y con distinto grado de exigencia. 

Ser excesivamente indulgentes es “pan para hoy y hambre para mañana”.

 

Sección realizada por: Iñaki Lorente Armendáriz | Psicólogo  
Ilustraciones: Lucrecia Herranz