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Diabetes mellitus en el anciano

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La diabetes mellitus (DM) es una enfermedad frecuente en las personas mayores, ya que su prevalencia aumenta directamente con la edad. En España, afecta a más del 30% de los varones mayores de 75 años y es aún más frecuente en mujeres. Por otra parte, más de la mitad de los diabéticos superan los 65 años. Datos epidemiológicos recientes señalan que la DM es la quinta enfermedad más frecuente en las personas de mayor edad, tras la artrosis, la hipertensión arterial (HTA), las cataratas y las enfermedades cardiovasculares. Se calcula que alrededor de un tercio de los mayores con diabetes no está diagnosticado.

El envejecimiento predispone a padecer DM debido a varios factores, como la disminución de la actividad física y de la secreción de insulina, el aumento del tejido adiposo y de la resistencia a la insulina y el mayor uso de fármacos que pueden producir hiperglucemia (diuréticos, corticoides, fenitoína, niacina, efedrina...).

En las personas mayores, debe tenerse en cuenta que existen dos situaciones: la de aquellos cuya DM apareció antes de los 65 años, y los nuevos diabéticos, que debutaron con la enfermedad a partir de esa edad. Esta circunstancia es relevante, ya que las características clínicas y demográficas de ambas poblaciones son diferentes.

Manifestaciones clínicas
La forma en la que se presenta la DM en mayores de 65 años es peculiar. Suele ser casi asintomática, de comienzo solapado, y, en muchas ocasiones, va asociada a la obesidad. Aunque también puede aparecer con la tríada clásica (poliuria, polidipsia y polifagia) y pérdida de peso, no es lo habitual en esta población, ya que los cambios relacionados con la edad en la función renal y en la percepción de la sed pueden enmascarar parte de estos síntomas.

La retinopatía es significativamente más frecuente en quienes ya padecían la enfermedad que entre los nuevos diabéticos, pero no existen diferencias en la prevalencia de la neuropatía periférica ni en los trastornos cardiovasculares.

Los ancianos con diabetes presentan mayores tasas de alteraciones visuales, insuficiencia renal, amputaciones de miembros inferiores e infarto de miocardio que cualquier otro grupo de edad. De la misma manera, la hiperglucemia posprandial adquiere mayor relevancia (sobre todo en los diabéticos tipo 2) y son más frecuentes las muertes por crisis hiperglucémicas.

Diagnóstico
En personas mayores, las formas más frecuentes de detección de diabetes son las siguientes:

Descubrimiento ocasional en la práctica rutinaria, motivado por alguna enfermedad intercurrente o por las pruebas realizadas antes de una intervención quirúrgica. Es cada vez más frecuente el diagnóstico en el seno de programas de atención a la patología cardiovascular, al realizar control analítico a personas con otros factores de riesgo, sobre todo HTA, dislipemia y obesidad.
Presencia de sintomatología inespecífica que puede hacer sospechar una alteración metabólica hidrocarbonada (astenia, prurito vulvar, moniliasis oral...) o de complicaciones crónicas típicas de la DM, tanto microangiopáticas (retinopatía, polineuropatía) como macrovasculares (cardiopatía isquémica, accidentes cerebrovasculares, lesiones isquémicas en miembros inferiores...).
Aparición de complicaciones metabólicas agudas de la DM: coma hiper­osmolar y, con mucha menos frecuencia, cetoacidosis. En ocasiones puede presentarse con episodios de hipoglucemia, por alteración en la secreción de insulina.

La detección precoz facilita instaurar cambios en el estilo de vida que pueden frenar la progresión o incluso revertir un estado prediabético a la normalidad. Sin embargo, los beneficios de la identificación de la diabetes en personas asintomáticas dependen de la esperanza de vida y de si, en función de ésta, es razonable suponer que las medidas que pueden adoptarse van a resultar efectivas.


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