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Carta a mi diabetes

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Iñaki Lorente Por: Iñaki Lorente
Asesor en el área de Psicología. Psicólogo de la Asociación Navarra de Diabetes (ANADI)
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El otro día, en Oviedo, participé en el evento "DIABETES EN DIRECTO" organizado por la Fundación SED y FEDE. A la hora de preparar mi intervención rescaté esta carta que había escrito hace ya muchos años. Comprobé que seguía estando muy vigente (en mi vida y en la de otras personas con diabetes que conozco). Te invito a releerla. Opino que, periódicamente nos conviene reflexionar sobre la actitud que tenemos ante la diabetes.

Quisiera poder empezar con el clásico “querida diabetes” pero, a decir verdad, ni por cortesía me apetece.

He de reconocer que para mí no tienes nada de querida, y lo siento, porque me resulta difícil convivir con alguien a quien no quiero, con alguien que ha entrado en mi vida y me ha cambiado todas las “cosas” de sitio.

Cuando supe que ibas a instalar tus bártulos en mi cuerpo, la verdad, fue bastante duro. Es cierto que de las enfermedades posibles, eres de las menos dolorosas y menos limitantes, pero eso de “CRÓNICO” se me antojaba a demasiado largo plazo.

Estamos acostumbrados a tomar medidas para curarnos. Si estoy acatarrado, tomo jarabe; si se me rompe una pierna, escayola y reposo; si un mal día tengo apendicitis, me opero y punto. Pueden ser procesos más o menos dolorosos, molestos, angustiantes, largos, cortos, verdes, negros o amarillos, pero al final, pasan.

Pero ¿qué me dices de ti? Mi endocrinólogo me explicó que, desde ese mismo instante hasta que se descubriera un remedio, debía inyectarme insulina todos los días, seguir unas pautas de vida razonables, olvidarme de los dulces o si no...

Pensé, “o sea que lo mío no tiene solución”. Es duro cambiar tus hábitos cuando sabes que no lo haces para curarte, sino para no empeorar. Hace que uno se enfade con su mala suerte, y por supuesto muchas veces lo paga con el que tiene más cerca.

Soy un hombre razonable y luchador (creo) y al final terminé por aceptarla (mi nueva responsabilidad, que no a ti). También pensé: “Esto es una batalla y no me voy a dejar intimidar”. Pero, como todas las batallas, exigen mucho esfuerzo por parte de los contendientes y eso acaba por agotar.

Uno empieza muy animoso diciendo: “Te vas a fastidiar pero yo voy a ser más fuerte que tú”. No caí en la cuenta de que “tú eras para siempre” y que por lo tanto no había manera de vencerte, de que tenía la batalla perdida desde el mismo instante en que la declaré. Y cuando uno es consciente de que, haga lo que haga, nunca puede acabar con el enemigo, se sienta y espera (por supuesto, comiendo pasteles y no perdices).

Pero, gracias a Dios, al final caí en la cuenta de que estaba equivocándolo todo. No eras mi enemiga, sino, tan solo alguien a quien no quería. No tenía que vencerte, sino hacer que interfirieras lo menos posible en mi felicidad. Entonces fue cuando pensé en escribirte esta carta, con ella sólo quiero firmar un armisticio.

También quería decirte que no eres bien venida, pero como no me queda otro remedio que soportarte cerca, muy cerca, espero que me respetes lo mismo que yo.

Ahora me voy a almorzar (que ya tengo la hora).

Sin más,

Adiós.

Iñaki Lorente. Septiembre 99

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