La diabetes tipo 3

Sección realizada por: Iñaki Lorente Armendáriz | Psicólogo
Ilustraciones: Lucrecia Herranz

La diabetes tipo 3

Desde que, salvo sospechosas excepciones, nos hemos puesto de acuerdo en que la diabetes es un hecho que afecta a todo el ser y no sólo a la parte biológica de quien la padece, ha surgido la necesidad de reflexionar más profundamente sobre las implicaciones que tiene sobre la persona y su contexto.

¿Quién puede negar que el tener diabetes salpica a todos los demás? Y más cuanto más cerca, cuanto más participa de su vida.

Sin pretender tomar una actitud quisiera poner el siguiente ejemplo: imagínate que la diabetes es un movimiento sísmico. Sin duda sacude a quien está cerca. La intensidad en la escala de Richter la marca el epicentro (la persona). Cuanto más cerca se encuentre una edificación de ese epicentro más notará sus efectos.

Las casas de alrededor (entiéndase familia nuclear) notarán fuertemente los temblores. Conforme su ubicación respecto al foco sea más lejana, será menor hasta que, unos kilómetros más allá se convertirá en pura anécdota que pronto caerá en el olvido.

Creo que fue el Dr. Ramiro Antuña, un gran endocrinólogo, quien acuñó el término de DIABETES TIPO 3 (si no fue él, espero que disculpe mi ignorancia su verdadero autor).

Ese término tan original hace referencia a las consecuencias que tiene para sus familiares el convivir con alguien que tenga un tipo de diabetes diagnosticada desde el ámbito médico.

De pequeño me gustaba jugar a médicos así que, en un alarde de osadía por mi parte (o de inconsciencia) me propongo describir este tipo de diabetes (la 3) tal y como podría aparecer en un imaginario manual de enfermedades.

En él lo primero que encontraríamos sería la definición del síndrome que podría ser más o menos así: Estado crónico que afecta a las personas en cuyo entorno cercano hay alguien con diabetes.

Por supuesto sería necesario un esfuerzo por describir los síntomas que lo definen:

  • Presión por la responsabilidad: la persona se ve empujada a participar activamente en el cuidado de la diabetes fisiológica. El grado de compromiso que adquiera determinará la intensidad de este síntoma.
  • Sufrir sin derecho a queja: Aparentemente no puede lamentarse por su situación ya que al ir (por definición) asociada a la diabetes de otra persona, ésta siempre cree tener preferencia en el lamento: “no te quejes que el que tiene que pincharse soy yo”.
  • Sentimiento de impotencia: Con cierta frecuencia sufren por no poder ayudar a modificar ciertos comportamientos nocivos que presenta quien padece diabetes: “déjame que ya sé lo que tengo que hacer” o “no me agobies”.

Como en el resto de patologías, también en ésta las repercusiones se dejan sentir en todas las áreas de la persona: BIO (por ejemplo, insomnio), PSICO (ansiedad, temor o culpabilidad) y SOCIAL (alteración de su actividad laboral, social, etc.).

Por otro lado, una característica particular es que se trata de la ÚNICA diabetes de la que se puede decir que se tiene mucha o poca aunque, como estado crónico que es, no deja de existir del todo.

Me explicaré utilizando de nuevo el símil de los seísmos:

Los efectos que provoca a su alrededor el terremoto diabetes, no tiene como único referente el encontrarse más o menos cerca del epicentro. Hay otras variables determinantes que afectan, incluso más.

Cuántas veces me he quedado sorprendido cuando he visto en las noticias terremotos en las zonas pobres del planeta. A pesar de que la intensidad no fuera especialmente virulenta, han destruido amplias zonas.

Por el contrario cuando este fenómeno ocurre en países desarrollados, por ejemplo Japón, no ha resultado tan devastador. ¿Por qué?

La respuesta que ofrecen los expertos es que todo gira en torno a lo preparados que estén los edificios para soportar desastres naturales.

Volviendo al tema que nos ocupa y siguiendo con el paralelismo podríamos decir que, aquellas construcciones (léase personas) que tienen una correcta plasticidad para adaptarse, mayor fortaleza psicológica y un consistente soporte social, tienen más probabilidades de aguantar sin venirse abajo cuando el terremoto del diagnóstico sacude los cimientos de su vida.

Por tanto, al igual que hacen los arquitectos japoneses con sus edificaciones, deberíamos construir nuestra personalidad y nuestra familia, pensando en prevenir los temblores de la vida y no esperar a actuar cuando ya se ha producido la tragedia.

Sin embargo, si estás leyendo este escrito, es posible que el terremoto ya se haya producido y que, por lo tanto, poco podamos hacer para prevenir sus efectos iniciales. Sin embargo, seguramente habrá otros “movimientos sísmicos” en el futuro sobre los que sí podrás prepararte.

Para éste de ahora, lo que te propongo es una “reconstrucción nipona” que permita apuntalar adecuadamente tu edificación. Fijándonos en los síntomas expuestos anteriormente te planteo el siguiente andamiaje.


Compartir la presión de la responsabilidad

Para llevar un fardo, no hay nada mejor que compartirlo. La carga llevada entre varios siempre pesa menos. Así que vela porque todos los implicados lleven un trocito.

Pero, además de que el peso es menor, cuando se trabaja en equipo, uno toma con otro ánimo el peso que le toca acarrear. Quieras que no, consuela saber que no eres el único de la familia que trabaja.

A veces, uno siente la necesidad apremiante de ser él quien lo haga todo. No seas de esos, aprender a delegar es uno de los mejores métodos de no quemarse. Piensa que te queda mucho camino por recorrer y que el desgaste irá haciendo mella en ti, así que deja también trabajar a los otros.



Evitar el sufrir sin derecho a queja

El hecho de no ser quien tiene que pincharse no te inhibe de la necesidad de expresar tu sufrimiento. Por tanto, exteriorízalo.

Lo que quizás sí puedes hacer es buscar a las personas adecuadas para hacerlo. No sería oportuno quejarte de una herida en el brazo a alguien que lo tiene partido, ¿no?

Pero tienes otras opciones. Amigos íntimos, familiares muy cercanos que sí pueden hacerte esos “primeros auxilios”. No tengas reparos en utilizarlos. Pregúntate, ¿qué harías tú si estuvieses en su lugar? Seguro que estarías encantado de ayudarle a un amigo. ¿Por qué ha de ser diferente?


Sentimiento de impotencia

Sé que lo que te mueve a colaborar es la preocupación por tu ser querido pero, aunque sólo fuera por tu propia salud mental, estás implicado en lo que el otro haga con su diabetes, por lo tanto no puedes quedarte con los brazos cruzados, esperando que el otro haga lo que tiene que hacer.

Quiera o no la otra persona, tú, como afectado de su diabetes, tienes el derecho y la obligación de participar.

Confío en que estas pequeñas medidas higiénicas que te sugiero, te hagan más llevadera tu DIABETES TIPO 3.