Vacaciones diabéticas |
Septiembre
2004 |
Es obvio que los que tenemos diabetes debemos cuidarnos desde el mismo momento del diagnóstico. Para ello nos vemos en la necesidad ineludible de incorporar a nuestra vida una serie de hábitos que demandan un esfuerzo extra. Sin embargo que cada uno experimenta dicho requerimiento de un modo distinto. Dependerá de la propia personalidad, de los recursos psicológicos y de los apoyos sociales de los que se disponga. Pero la mayoría compartimos un denominador común: la constatación de altibajos en la intensidad de la dedicación a dichos cuidados. Resulta muy difícil, yo diría que imposible, para cualquier persona mantener siempre el mismo nivel de tensión. No sólo en el ámbito de la diabetes, sino en cualquier área de la vida (estudio, trabajo...). Sin embargo esa distensión en lo que respecta a los autocuidados que precisamos puede acarrear efectos no deseados y perdurables en el tiempo como son las complicaciones renales, problemas en la retina y todas aquellas “espadas de Damocles” que nos acompañan. Los factores que pueden provocar en una persona el relajamiento e incluso el abandono del tratamiento son múltiples y variados. Veamos:
- Uno de los grandes obstáculos que acompañan por definición a las enfermedades crónicas, entre las que se incluye la diabetes, es que cualquier acto terapéutico que se realice tiene como objetivo la prevención de males mayores y no su curación.
- En la diabetes no hay una contingencia cercana en el tiempo entre las transgresiones en el tratamiento y las consecuencias que éstas acarrean. Por ello resulta difícil aceptar que, por ejemplo, abandonar el hábito de medirse los niveles de azúcar en la sangre tiene repercusiones sobre la propia salud.
- Los cuidados que precisa aquel que tiene diabetes deben ser diarios y constantes por lo que se vuelven rutina. Es sabido que lo que se hace por inercia precisa un menor nivel de alerta con el consiguiente riesgo.
- Existen ciertas variables sobre las que no tenemos el control, pero que sin embargo afectan a los resultados (factores hormonales, procesos infecciosos, etc.). Este hecho puede provocar el desánimo al comprobar cómo el esfuerzo realizado no es compensado con resultados plausibles tal y como se espera.
- La generalización de situaciones a priori excepcionales también suele ser una causa en la elevación de los niveles de azúcar. El “una vez de vez en cuando” pasa a ser “una vez por semana” y de ahí a “sólo por la mañana”….
- Además existen otros determinantes del propio devenir histórico de la persona que, aunque indirectamente, inciden en el autocontrol porque aumentan el nivel de estrés que debe soportar y porque exigen desviar la atención dedicada al autocuidado hacia aspectos más urgentes. Los grandes cambios (de trabajo, de estado civil, de colegio…) y ciertos acontecimientos vitales (enfermedad, muerte de un familiar, el nacimiento de un hijo etc.) son buenos ejemplos. Estos hechos no siempre tienen un talante negativo (hay situaciones que son positivas para la persona), pero todas exigen ser atendidas de inmediato.
- La disminución en el número de controles diarios del nivel de azúcar que realiza.
- La alteración significativa en los horarios de las comidas y de la administración de la insulina.
- Variaciones injustificadas en la alimentación (tanto en el tipo como en la cantidad).
- Abandono del hábito previamente adquirido de hacer ejercicio.
- Frecuentes hipoglucemias e hiperglucemias.
- La constatación de un aumento llamativo en los valores de su Hemoglobina Glicosilada.
De esa manera se entra en una espiral en caída donde la persona siente que está perdiendo el control y se ve incapaz de conseguir estabilidad glucémica. Ese sentimiento de ineficacia hace que disminuya su motivación y la energía interna que necesita para lograr su objetivo de mantener la diabetes dentro de unos parámetros aceptables.
Irrumpen entonces pensamientos de alienación tales como: “por mucho que haga no doy con la clave”; “El resultado de mi Hemoglobina glicosilada no depende de lo que yo haga”. O pensamientos de autorecriminación: “soy un mal enfermo”; “no tengo voluntad”; “seguro que no hay nadie que haga tan mal como yo” etc. que no hacen sino alterar cada vez más la estabilidad y amplificar el sentimiento de pérdida de control que a su vez repercute directamente en la estabilidad tanto emocional como glucémica.
En esa situación, uno de los errores que se comenten con más frecuencia es el de no comentarlo con nadie, esconderlo como si se tratara de un pecado inconfesable.
La consecuencia directa de esta actitud de secretismo es la presencia del sentimiento que tiene la persona de encontrarse absolutamente solo frente a su problema, lo que contribuye aún más a elevar su nivel de angustia.
Otras personas tienden a emitir señales de auxilio de manera inconsciente a la espera de que alguien las recoja y pueda ayudarles. Este fenómeno es muy frecuente entre adolescentes con diabetes. Recuerdo a un chico de 15 años que, tras comerse un par de piezas de bollería industrial, dejaba los envoltorios en la papelera de su habitación que, por supuesto, eran encontrados por su madre cuando limpiaba.
Es verdad que en otras ocasiones se es más claro en la petición de ayuda. Pero en vez de obtenerla escuchan cosas como: “si sabes que no puedes comer eso, ¿por qué lo haces?” que censuran su comportamiento pero no ofrecen alternativas plausibles que ayuden a superar el bache.
Sea como fuere, el hecho es que quien se encuentra en esa situación se siente atrapado y sin los recursos adecuados para recuperar el control perdido.
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